Más allá del molde
- Belu Lobo
- Jun 17
- 5 min read
La marcha que re definió la moda :
Era el 22 de marzo de 2024 cuando casi en simultáneo, en varias capitales del mundo, brotó
una marea de voces, cuerpos y colores: la Marcha Internacional por la Diversidad en la Moda. La ciudad de Londres, con su historia de rebeldías y resistencias culturales, fue uno de los epicentros donde miles de personas, vestidas con prendas de carácter desafiante ante las convenciones preestablecidas, marcharon por las calles del Soho. La escena era luminosa y vibrante: pancartas que clamaban "Soy más que un molde", "Estadísticas de belleza, despierta", y "La moda también es tuya". De lejos se escuchaba el eco de los pasos que resonaban como un latido colectivo, una pulsación que extendía su alcance desde la ciudad inglesa hasta Nueva York, Milán, París y muchas otras ciudades del mundo.
La escena se tejía con historias personales. Mujeres con cuerpos diversos, hombres trans, personas mayores y adolescentes con tallas múltiples y rasgos raciales que desdibujan los cánones de belleza tradicionales de occidente. La marcha, se convertía en un acto de rebeldía, pero también de esperanza, una reivindicación por parte de la moda, industria tan poderosa y cultural. debe reflejar la verdadera diversidad de la humanidad. La calle, con su paisaje urbano de concreto y cristal, se convirtió en un escenario donde el arte y la política se enredaron en un mismo espectáculo.
El movimiento no surgió de la nada. Hace décadas, las voces del body positive y las protestas contra el racismo en la moda aumentaron su intensidad, sembrando semillas en pasarelas y en estudios fotográficos. Pero fue en 2024 cuando un conjunto de eventos amplifica esa demanda. En enero, la firma de moda “DiversityNow” lanzó una campaña global que mostraba modelos de distintas razas, tallas y géneros en una de las campañas más incluyentes de los últimos años. En marzo, fotógrafos de renombre, como Karim El-Jisr, capturaron en sus lentes imágenes potentes —algunos de ellos en medio de las marchas— que viralizaron mensajes de resistencia y reafirmación de identidad.
Con la llegada de internet y, en particular, de las redes sociales en la década del 2010, esa lucha se democratizó aún más. Fotografías y videos de protestas, sesiones fotográficas y campañas inclusivas comenzaron a viralizarse globalmente, dando voz a quienes durante décadas permanecieron en la sombra. La fotógrafa Joice Ngalula, en 2018, capturó en Kinshasa a modelos con rasgos únicos, incluyendo cuerpos diversos y rostros que desafían los cánones occidentales, demostrando que la belleza se encuentra en toda la variedad de la especie humana. Estas imágenes no solo documentaban el momento, sino que también actuaban como una forma de resistencia, poniendo en evidencia que la industria de la moda podía, y debía, reflejar la pluralidad de sus consumidores y creadoras.
En Londres, la organización Diversity in Fashion informó que participaron aproximadamente 50,000 personas. La gente vestía con prendas repletas de mensajes y símbolos de inclusión, mientras en las calles resonaba una marea de voces que reclamaba un cambio genuino. Análogamente, en Estados Unidos, la movilización de La Marcha en Dallas reunió a unas 30,000 personas, muchas de ellas acompañadas por sus familias y comunidades enteras. Los videos y fotografías de ese día recopilaron rostros diversos, todos con un mismo objetivo: exigir a la industria que deje atrás los estándares excluyentes y abrace la pluralidad.
Las imágenes captadas por fotógrafos como Ruth Fremson o Karim El-Jisr reflejaron en tiempo real la fortaleza de ese movimiento: rostros llenos de determinación, manos en alto portando carteles, cuerpos en marcha que desafiaban los moldes tradicionales. La fuerza de estas fotografías no residía únicamente en su estética, sino en su capacidad para transmitir un mensaje de resistencia que fue compartido en millones de pantallas. La viralización de estas imágenes aceleró un proceso invisible de cambio, que aunque todavía está en marcha, empieza a transformar la forma en que la industria visual y fashion entiende la belleza.
Desde las pasarelas hasta las campañas publicitarias, la tendencia hacia la diversidad ha ido ganando terreno. La iniciativa de Rihanna con Savage x Fenty, que en 2018 presentó modelos de todas las tallas, edades y géneros, ejemplifica esa transformación. Pero también, la misma fotografía, en sus múltiples formas, cumple el papel de catalizador, plasmando en cada instantánea la reivindicación social que la moda necesita para seguir siendo relevante y auténtica.
En definitiva, lo que ocurrió el 22 de marzo de 2024 —y las imágenes que lo acompañaron— no solo desafiaran los estereotipos estéticos, sino que abrieron un espacio de discusión sobre qué significa la belleza en una sociedad plural. La industria de la moda empieza a aceptar que su mayor fuerza radica en la diversidad, y que las cámaras y las calles se han convertido en los nuevos escenarios donde ese cambio se está gestando.
La fotografía, en esa inmensa pantalla del activismo visual, se ha consolidado como un medio privilegiado para comunicar la lucha por la inclusión. En las calles, las cámaras captaron momentos que trascienden lo superficial y que, en su conjunto, revelan una verdad incómoda y necesaria. Una imagen no solo documenta, sino que también arrebata y provoca. En cada rostro retratado, se plasma el anhelo de ser visto y respetado. En cada pancarta, la urgencia de transformar una industria que durante décadas ha promovido un solo ideal de belleza. La fuerza de estas instantáneas —más aún en la era digital— ha alterado convencionalismos arraigados, desafiado los estereotipos y desdibujado las fronteras entre consumo, arte y activismo. Pero el impacto trasciende las calles. En las redes sociales, estas imágenes se vuelven escudo y espada, poniendo en jaque las narrativas exclusivas de la moda tradicional. La fotografía, convertida en arma y cura, da visibilidad y una comunidad global que exige cambios profundos. La industria, consciente del poder de estas imágenes, empieza a abrirse a nuevas representaciones, aunque todavía queda mucho camino por recorrer.
En esta marea de voces y rostros, hay una sensación de esperanza y de revolución silenciosa. La moda, se convierte en un espejismo de nuestras sociedades, está siendo forzada a mirarse en un espejo distinto, uno que refleja toda su diversidad. La figura del diseñador, del fotógrafo, del activista y del consumidor se entrelazan en una misma lucha: que la belleza, en su expresión más auténtica y plural, deje de ser una imposición y pase a ser una bandera de libertad. Estas marchas, estos movimientos y esas imágenes no solo están alterando las políticas internas de las marcas, sino que también están retratando la manera en la que entendemos la estética, la identidad y la cultura. La fotografía, con su capacidad de congelar emociones y provocar reflexiones, se ha convertido en un aliado imprescindible en esa batalla cultural. Nos muestra que la moda, en su mejor momento, no sólo viste cuerpos, sino que también puede vestir conciencias, desafiando y transformando las normas, un rostro, un relato.
¿Podemos imaginar un mundo donde la belleza sea simplemente la variedad de la humanidad reflejada en todas sus formas, o todavía seguimos aferrados a moldes que solo excluyen y limita nuestro sentido de identidad?



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